RECUERDOS DE MI NIÑEZ

Cuando yo era un  niño  no sabía distinguir la pobreza de la riqueza, lo único que distinguía era el tener comida o no tenerla y el saber que habían cosas que debían de ser muy opetitosas pero solo se podían llegar a ellas con la mirada. Después de pasados muchos años y yo ya adolescente me di cuenta de que mi casa de niño  en las afueras de la ciudad era muy pobre. Ella contaba con dos habitaciones realmente pequeñas, una de ellas era utilizada como cocina y comedor, la otra era el dormitorio de toda la familia. Eran muy escasos los  mobiliarios y  utensillos que ella tenía,  se podría decir que  faltaban hasta aquellos que son  practicamente imprescindibles. Lo que si abundaba dentro de ella era el cariño grande de mi  madre, que ha su manera trataba de suplir con su amor todo aquello que faltaba. 

Recuerdo de las  mañanas que muy  temprano luego de comer un trozo de pan  y tomar una taza de leche cuando la había, yo partía hacia el centro de la ciudad a cumplir con mi trabajo que realizaba en una agencia distribuidora de diarios .  Allí me entregaban  un montón de ellos y yo partía a la calle para realizar su venta, no incidía en ello si había frío o calor,  si llovía o no. Esto para mi era una obligación diaria y de ello dependía en mucho si al mediodía estaba el dinero suficiente para que se hiciese realidad el poder comer mi mamá,  mis hermanos y yo.

Llegada la tarde las obligaciones laborales seguían pero eran otras porque asumía el trabajo de lustrador de calzados. Tomaba un pequeño cajón que para esos efectos me había hecho un vecino y en él estaban  los elementos mas necesarios para cumplir la tarea como lo eran los cepillos, las dos latas de pomadas de los  colores marrón y negro, complementado todo ello estaban los  trozos de trapos que tenían su origen en algún pantalón viejo encontrado en la calle.

La mayor parte de las lustradas  las  realizaba en la plaza, porque en los bares por una razón que desconozco no eramos bien vistos los que ejercíamos esta tarea y por general nos corrían sus dueños, eso era algo que yo nunca pude entender porque me preocupaba de ingresar al local  sin molestar. Parece algo común que innumerables  personas rechacen todo aquello que no lo benefician directamente.El negocio de lustrar calzados  considero que era para mi muy bueno y de cierta manera hasta agradable porque me permitía caminar con cierta libertad por las calles.  Escaso  era el número de  clientes para con ellos acrecentar el resultado económico. Los sábados eran los días en que  el trabajo se duplicaba, pero los días de lluvia me sentía un desgraciado porque no  encontraba a ningún hombre que  quisiese hacer lustrar su calzado.  

Nadie le  prestaba mayor atención al trabajo que le estaba realizando la única  observación  infaltable estaba centralizada en esta  frase “no me le pases betún al calcetín, lústrame los zapatos unicamente”, y eso era algo de lo que me preocupaba mucho y  utilizaba trozos de cartón como protección para que esto no ocurriese.  Los clientes  me abonaban lo acordado y la gran satisfacción era cuando me daban una pequeña propina, por el valor monetario que ello significaba y porque con ello sentía que me habían hecho un reconocimiento  positivo al trabajo realizado.

Ahora ya pasados los años me doy cuenta que esas tareas que  las  personas en general las miran como tontas,  para mi por lo contrario  eran muy importantes y las  realizaba con esmero, por el significado de obtener de ella  un resultado económico  que se iba a transformar en comida en una muy modesta mesa como era la nuestra.

Esos años de mi niñez recorriendo las calles con mi cajón de lustrador de calzado me dio momentos de mucha alegría y eso  acontecía en las oportunidades que me encontraba con  una  camioneta  manejada por una persona joven. Siempre  estaba cargada con cajones con frutas que trasladaba el señor  para la venta en distintos  comercios de la ciudad. Yo me le aproximaba respetuosamente y lo  saludaba a su propietario, él retribuía mi saludo y ponía siempre en mis manos frutas que eran unas veces duraznos, otra ciruelas o racimos de uva. Se veía en su cara que él lo hacía con la mayor naturalidad y con un toque de amor que se reflejaba con una sonrisa  y porque además yo veía que siempre elegía las frutas que parecían mas dulces.  Desconozco hasta el día de hoy si en ese momento él se daría cuenta que para mi esa fruta iba a llegar a mi paladar como algo maravilloso, por ser las únicas que me llegaban   ya que en mi casa no existía el dinero necesario para comprarlas.

Ya han pasado varios años de esa niñez que les hablé y yo dejé de ser  diariero y lustrador , ahora soy un joven que trabaja como empleado de una barraca. Un  día del mes pasado cuando yo me dirigía a mi domicilio a almorzar ,   vi para sorpresa mía al joven que cuando era niño me regalaba frutas.  Estaba detenido frente a la misma  camioneta de la que había partido tanta felicidad para mi cuando era niño. Me aproximo a él no ya con el propósito de obtener su obsequio de frutas, lo que yo deseaba en ese momento era sentir el placer de  saludarlo y ofrecerle mis servicios porque me pareció que él podría requerir   alguna ayuda que yo le pudiese prestar.  Luego de ponerme a sus órdenes él me solicitó que le hiciese el  favor de conseguirle un auxilio mecánico que el necesitaba para hacer funcionar su camioneta. Cuando yo partía presuroso  para cumplir con lo que me solicitaba,  él me  detiene con el propósito de  darme una propina por el mandado que le iba a realizar.

Yo  sin aceptársela se la agradezco y me atrevo a decirle que él es una persona a la que  quiero mucho y  que estaré a sus órdenes   durante toda la vida, le recuerdo que cuando yo era niño él me daba siempre frutas y que esas eran las únicas que comí en mi niñez y que  no me iba a olvidar  jamás de ellas que eran  exquisitas, ni de él que me las colocaba en mis manos con tanto cariño.

Allí ocurrió algo inesperado, él se me  aproximó y me abrazó muy fuerte. Emocionado mirándome a los ojos me dijo: ” que en ese momento  le había hecho el regalo mas grande que había recibido en su vida, al hacerle saber que había sido fuente  de felicidad un niño y quizás de muchos  niños más porque su mano siempre se extendió  para cambiar fruta por sonrisas”.    En ese apretado abrazo a los dos se nos cayeron  lágrimas, que no eran de dolor ni de alegría, evidentemente  eran de estados emotivos muy  profundos y diferentes que teníamos los dos. En mi se gravó muy fuerte ese abrazo que estoy seguro  que lo guardaré permanentemente  en la historia de mi vida,  pienso que en él debe de haber ocurrido lo mismo.  No pongo ninguna duda que hay cosas que parecen ser pequeñas en forma aparente y que llevan impresas algo muy grande que hacen que sean imborrables en la vida de las personas.    

          Walter Nelson TORRES     

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s