LA HISTORIA DE UN BESO

 

Todo el verano por razones de trabajo las noches se me hacían días y el caminar en horas de la madrugada por la rambla del balneario  era algo rutinario. Me movía cruzándome con infinidad de personas que parecían que habían dejado en algún otro lugar sus problemas y allí sólo portaban alegrías que manifestaban en sus amplias sonrisas y sus animadas conversaciones.

Generalmente me detenía en un boliche que daba descanso al trajinar de  esos jóvenes,  los que ocupaban sus mesas para continuar sus charlas inagotables. Era un día del comienzo del mes de febrero cuando en mi caminar de rutina vi allí a  tres lindas y simpáticas jóvenes, que me obsequiaron sus sonrisas como pago de la que yo les había ofrecido. Ellas  formaban parte del  mundo de las noches de verano,  que contenían ese encanto especial de las personas que dejaron en sus lugares de orígenes los problemas . A mi solicitud de hacerles compañía me dieron la aprobación con otra sonrisa que las tres en forma expontánea me brindaron.   A los pocos minutos luego de la presentación que nos hicimos dándonos nuestros nombres y apodos, nuestra conversación se hizo fluída. Dos de ellas me contaron que eran de Buenos Aires, que habían venido con el propósito de acompañar a quien se llamaba  Ana que estaba viviendo sus últimos días de soltera y riendo aparatosamente me dijeron la fecha en  que esta se casaba. Era una morocha muy atractiva  la joven que se iba a unir en matrimonio y me dijo que sus amigas se sentían celosas por la linda vida que le esperaba en pocos días al cambiar su estado civil. Toda la charla  que mantuvimos esa noche fue sobre temas totalmente superficiales, casi todos ellos haciendo referencia fundamental  a la vida del balneario que estaban visitando por primera vez y que lo abandonarían en el término de dos días. Me despedí de ellas  con mis palabras de deseo de que tuviesen mucha suerte y que había estado encantado de haberlas conocido.

Llegado el día siguiente  haciendo el mismo recorrido por la rambla me detuve en el mismo boliche. Me sosprendió ver sentada sola frente a la misma mesa a una de las jóvenes que había conocido el día anterior. Si allí estaba Ana la hermosa jovencita que por razones desconocidas no estaba acompañada por  sus amigas, le di un buenas noches y me senté junto a ella como un viejo conocido.  Se dibujó timidamente una sonriza en ella y permanecimos sin intercambiar palabras, sólo hablaban nuestros ojos que misteriosamente recibían órdenes que los llevaban a ello.

Una de mis manos sin que yo le diese ninguna órden,  lentamente se aproximó a una de ella hasta que tomaron contacto y allí  permaneció sin realizar ningún movimiento. Lo asombroso fue cuando nuestras mejillas también fueron capturadas por esa fuerza desconocida y comenzaron a aproximarse hasta que muy delicadamente también estaban unidas.  Estabamos a lo que dispusieran los duendes de nuestros corazones y ellos dieron la orden  que los rostros se enfrentasen, fue por esa razón que   nuestros labios muy suavemente llegaron también a unirse.

Fue en ese momento que nuestros ojos prefirieron quedarse indiferentes a la situación creada y se cerraron , quedaron  las comunicaciones limitadas a  los movimientos casi imperceptibles de  nuestros labios que no expresaban palabras,  ellos se comunicaban   sentimientos que habían  aflorado en nosotros de lugares desconocidos.   Pero sin que nos diésemos cuenta ellos  fueron adquiriendo una forma sensual y  no pudieron evitar que timidamente  un dulce e inesperado beso nos mostrara el amor que en ese momento nos invadía y hacía latir fuertemente nuestros corazones .   

Todo tuvo un cambio repentino, Ana retiró su rostro del mío y presurosamente de sus labios salieron estas palabras:

  -No, no puede ser.

Se notaba la intranquilidad y agitación que teníamos los dos, pero pese a ello permanecimos en silencio un buen rato sin que nuestras miradas se encontrasen. En determinado momento ella levantándose de la silla me dice:

-Walter me quiero ir, háceme el favor y acompáñame al hotel.

La respuesta que le di fue la única que se me ocurrió en el momento:

  -Claro Ana vamos. 

 Caminamos lentamente las tres cuadras que nos separaban del hotel, tomados de la mano y  sin intercambiar ninguna palabra. Cuando nos detuvimos cerca de su puerta de entrada nuestras miradas se encontraron,  permaneciendo ellas nuevamente en actitudes  desafiantes. En esta oportunidad parecían que los ojos no estaban susurrando palabras, sino  que estaban gritándose sentimientos de amor. La valentía de Ana y su sentido de responsabilidad sobre algo imprevisto que nuevamente volvía a surgir,  hizo que ella repitiese las mismas palabras que expresó cuando estabamos en el boliche: 

-No,  no puede ser.

Yo  estaba paralizado por todo lo que estaba pasando y mis sentimientos se agolpaban desordenadamente. Solo lo que se me ocurrió decirle en el momento fue: 

-Ana no llegas a comprender que haz entrado en lo más  profundo de mi corazón. 

Ella con palabras muy firmes  me dice:   

  -A mi me ha ocurrido lo mismo y te tendré prisionero en un rincón del mío durante toda la vida, ahora quiero marcharme con el recuerdo de estos momentos que serán  inolvidables. 

Se me apoximó con lágrimas en sus ojos, puso   sus manos sobre mis hombros y dándome un beso en la mejilla se alejó a la carrera agitando una mano en son de despedida.   Parecía que tenía temor que su actitud cambiase y se uniese a mi en un fuerte abrazo que juntasen nuestros cuerpos.   

Yo quedé totalmente inmóvil,  les di la orden a mis manos que la retuviesen y no respondieron, quise gritarle que se quedase junto a mi  y no partió ninguna palabra de mis labios. Permanecí durante mucho rato en el mismo lugar paralizado por una fuerza extraña y posteriormente caminé lentamente hacia el otro lado de la rambla. 

El mar con su música apenas audible  fue mi compañía  durante las horas que demoró el sol en aparecer y fue él que me devolvió  la realidad de vida que debía de enfrentar.

  Todo esto que les he contado me ocurrió hace  mas de  cuarenta años y con cierta frecuencia vuelve a mi con toda su vivencia  como si hubiese ocurrido ayer, es como si Ana permaneciese ligada a mi y desde lejos me llamase para que  recuerde ese lejano beso que nos dimos en nuestra juventud.

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