E L R E G A L O S E C R E T O

          Que hermosos fueron los amaneceres que junto al mar yo tuve en mi juventud,  todas las noches del verano disfrutando las melodías, que ejecutaban   la orquesta que formaban los cientos de  jóvenes felices que en su trajinar dicharachero la conformaban y que se complementaba con el fondo musical que el mar  aportaba con el golpe melodioso de sus tímidas olas.

           Yo por razones de trabajo  estaba siempre  allí y me mezclaba con  esa hermosa juventud.  Lo mas común era que formara  espontaneas amistades que  terminaban con una sonrisa y un saludo de despedida. Pocas de ellas me llevaron a un corto romance, los que generalmente finalizaban sin dejar mas que el recuerdo del   placer recogido en  esos momentos y que en el transcurso de los días iban  pasando al olvido.

           Pero hubo una que  nunca se retirará de mi memoria y la formó una pequeña historia de sólo dos días de duración.

          ”  En una muy hermosa noche del mes de febrero de hace cuarenta años, yo iba  caminando  junto a un amigo por la rambla de Piriápolis y  entablamos un espontaneo diálogo con dos simpáticas  jóvenes  que habían llegado de Buenos Aires para veranear  por muy pocos días en el balneario. Y allí en ese encuentro se agazapó  un sentimiento de amor, esforzado para entrar en mi corazón para cambiarme la  vida, no lo hizo pero  dejó una pequeña huella que aún perdura en mi memoria.

            Ellas me contaron  el trabajo que realizaba  su padre y en donde vivían en  Buenos Aires. Todas sus vivencias las   mostraban como personas con una vida alegre, feliz y llena de proyección hacia un futuro de honestidad.  Al agonizar la noche   nos despedimos con un hasta mañana y el compromiso de  encontrarnos en el mismo lugar la noche siguiente.

             En la próxima madrugada estabamos juntos en el mismo boliche, allí continuamos  nuestras charlas y ellas me decían que  lo habían pasado muy bien  en el balneario,  lo único a lamentar era las pocas horas que les restaba para regresar a su hogar. La de cabellos largos  llamada  Ana María me manifestó que le hubiese agradado visitar una Boite llamada MAU MAU, que estaba ubicada  en el Subsuelo del Hotel Argentino y que se la habían elogiado mucho.  Fue por esa razón que se le ocurrió pedirme:

-Walter porque no nos llevas un rato a ella  así no me voy sin  conocerla.

No demoró mi respuesta:

-Si Ana María no hay problema, si todos están de acuerdo vamos.

          Llegamos los cuatro a la Boite, entramos por su misteriosa entrada que nos recibíó con  una muy suave música y   una  luz que  contribuía con la ambientación del lugar,  ella  era cada vez mas tenue a medidad que penetrábamos a ese cautivante lugar.  Llegó el momento en que  solo se distinguían apenas las mesas  y las personas junto a ellas  parecían sombras,  un mozo nos acompañó  a una de ellas  a la que llegué  tomado de la mano de Ana María.

            Allí la música era muy sensual,  desde que llegamos nos invitaba permanentemente a bailar  y no  dejamos pasar más que unos minutos sin obedecerla. Junto a mi amiga de la que aún no había soltado su mano fui  a la pista, comenzamos a dejarnos llevar muy lentamente por   la música que melodiosamente  flotaba en el aire y ella fue la causante de despertarnos  deseos ocultos.  Nuestros cuerpos recibiendo órdenes desconocidas comenzaron a  no dejar ninguna separación entre ellos,  las manos se hicieron sus complices al recorrerlos con caricias que los presionaban y ligaban aun más.  Las mejillas que estaban acariciándose,  le dieron  lugar a que esa tarea la realizasen los labios, que hacían mucho rato que permanecían en silencio y que querían ser partícipes del momento.   Cuando ellos se encontraron no pudieron contener el impulso y en muy pocos instantes estaban unidos en  un  pasional e interminable beso. Todo ello ocurría   por causas de duendes que ocultos en la obscuridad y valiéndose de la música que  era  su complice misterioso, nos pasaron a dominar totalmente. Ellos poseían una fuerza de  tal magnitud que anulaba la que tenía que partir de  nuestras  mentes.

           Nosotros no habíamos tenido en cuenta que la música había cesado hasta el momento en que su lugar pasó a estar ocupado por una voz masculina que nos decía:

“esta casa va a cerrar sus puertas en el día de hoy, agradecemos vuestra presencia y los esperamos el día de mañana”. Yo miré a mi alrededor y vi que eramos los únicos que estabamos en la pista. Tomados de la mano sin decirnos una palabra llegamos a la mesa en que se encontraban nuestros compañeros.

          Su hermana nos dijo que teníamos que retirarnos porque   la noche había finalizado. Obedecimos a sus palabras y casi en silencio nos dirigimos al hotel en que se hospedaban .

            Ellas esa mañana partían para Buenos Aires y allí nuestra despedida fue muy breve, es que estabamos aún traumados por lo ocurrido anteriormente. Yo saludé a  Ana María con un pequeño beso en su mejilla, pero nuestras manos no nos dejaban separar y permanecieron varios minutos unidas hasta que su hermana nos llevó a la realidad diciendo:

-Deben separarse todo ya terminó, deben de volver a la realidad.

           Sentí una gran tristeza al dejar de tener sus manos apretadas por las mías y su rostro pasó a reflejabar  el mismo sentimiento.  En contra de nuestras voluntades nuestros cuerpos siguieron sus vidas separados, pero nuestros sentimientos no estaban de acuerdo con ello.

………………………………………………………………………………………………………………………………

             Había pasado ya más de un año cuando una tarde encontrándome en la oficina en la cual trabajaba fuera de temporada, una compañera me dice en la puerta hay un matrimonio que pregunta por ti. Gran sorpresa fue para mi cuando en la puerta vi a Ana María acompañada por un señor. Nuestras miradas se cruzaron, cuando me aproximé a ella la saludé  con un beso en la mejilla.

Ella me dijo:

-Volví a pasear a  Piriápolis pero ahora casada, te presento a mi esposo.

              Luego de saludarnos él me dijo:

-A mi señora se le ocurrió venir a saludarlo, me dijo que tú le distes algo que le había agradado mucho, aunque nunca me mencionó de que se trataba.

               Ana María nos dice:

-No quiero desmerecer los que él me da, es por eso que no le menciono cual fue  tu regalo.

                Al despedirme ella me aprieta fuerte la mano diciéndome que le agradó mucho volverme a ver y que siempre recordará los momentos vividos cuando me conoció  en su viaje anterior a Piriápolis.

                 Nunca más tuve noticias de ella, pero aquel beso que nos dimos me dejó una huella profunda que hizo que nunca la olvidara.

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