LA HISTORIA DE UN BESO

 

Todo el verano por razones de trabajo las noches se me hacían días y el caminar en horas de la madrugada por la rambla del balneario  era algo rutinario. Me movía cruzándome con infinidad de personas que parecían que habían dejado en algún otro lugar sus problemas y allí sólo portaban alegrías que manifestaban en sus amplias sonrisas y sus animadas conversaciones.

Generalmente me detenía en un boliche que daba descanso al trajinar de  esos jóvenes,  los que ocupaban sus mesas para continuar sus charlas inagotables. Era un día del comienzo del mes de febrero cuando en mi caminar de rutina vi allí a  tres lindas y simpáticas jóvenes, que me obsequiaron sus sonrisas como pago de la que yo les había ofrecido. Ellas  formaban parte del  mundo de las noches de verano,  que contenían ese encanto especial de las personas que dejaron en sus lugares de orígenes los problemas . A mi solicitud de hacerles compañía me dieron la aprobación con otra sonrisa que las tres en forma expontánea me brindaron.   A los pocos minutos luego de la presentación que nos hicimos dándonos nuestros nombres y apodos, nuestra conversación se hizo fluída. Dos de ellas me contaron que eran de Buenos Aires, que habían venido con el propósito de acompañar a quien se llamaba  Ana que estaba viviendo sus últimos días de soltera y riendo aparatosamente me dijeron la fecha en  que esta se casaba. Era una morocha muy atractiva  la joven que se iba a unir en matrimonio y me dijo que sus amigas se sentían celosas por la linda vida que le esperaba en pocos días al cambiar su estado civil. Toda la charla  que mantuvimos esa noche fue sobre temas totalmente superficiales, casi todos ellos haciendo referencia fundamental  a la vida del balneario que estaban visitando por primera vez y que lo abandonarían en el término de dos días. Me despedí de ellas  con mis palabras de deseo de que tuviesen mucha suerte y que había estado encantado de haberlas conocido.

Llegado el día siguiente  haciendo el mismo recorrido por la rambla me detuve en el mismo boliche. Me sosprendió ver sentada sola frente a la misma mesa a una de las jóvenes que había conocido el día anterior. Si allí estaba Ana la hermosa jovencita que por razones desconocidas no estaba acompañada por  sus amigas, le di un buenas noches y me senté junto a ella como un viejo conocido.  Se dibujó timidamente una sonriza en ella y permanecimos sin intercambiar palabras, sólo hablaban nuestros ojos que misteriosamente recibían órdenes que los llevaban a ello.

Una de mis manos sin que yo le diese ninguna órden,  lentamente se aproximó a una de ella hasta que tomaron contacto y allí  permaneció sin realizar ningún movimiento. Lo asombroso fue cuando nuestras mejillas también fueron capturadas por esa fuerza desconocida y comenzaron a aproximarse hasta que muy delicadamente también estaban unidas.  Estabamos a lo que dispusieran los duendes de nuestros corazones y ellos dieron la orden  que los rostros se enfrentasen, fue por esa razón que   nuestros labios muy suavemente llegaron también a unirse.

Fue en ese momento que nuestros ojos prefirieron quedarse indiferentes a la situación creada y se cerraron , quedaron  las comunicaciones limitadas a  los movimientos casi imperceptibles de  nuestros labios que no expresaban palabras,  ellos se comunicaban   sentimientos que habían  aflorado en nosotros de lugares desconocidos.   Pero sin que nos diésemos cuenta ellos  fueron adquiriendo una forma sensual y  no pudieron evitar que timidamente  un dulce e inesperado beso nos mostrara el amor que en ese momento nos invadía y hacía latir fuertemente nuestros corazones .   

Todo tuvo un cambio repentino, Ana retiró su rostro del mío y presurosamente de sus labios salieron estas palabras:

  -No, no puede ser.

Se notaba la intranquilidad y agitación que teníamos los dos, pero pese a ello permanecimos en silencio un buen rato sin que nuestras miradas se encontrasen. En determinado momento ella levantándose de la silla me dice:

-Walter me quiero ir, háceme el favor y acompáñame al hotel.

La respuesta que le di fue la única que se me ocurrió en el momento:

  -Claro Ana vamos. 

 Caminamos lentamente las tres cuadras que nos separaban del hotel, tomados de la mano y  sin intercambiar ninguna palabra. Cuando nos detuvimos cerca de su puerta de entrada nuestras miradas se encontraron,  permaneciendo ellas nuevamente en actitudes  desafiantes. En esta oportunidad parecían que los ojos no estaban susurrando palabras, sino  que estaban gritándose sentimientos de amor. La valentía de Ana y su sentido de responsabilidad sobre algo imprevisto que nuevamente volvía a surgir,  hizo que ella repitiese las mismas palabras que expresó cuando estabamos en el boliche: 

-No,  no puede ser.

Yo  estaba paralizado por todo lo que estaba pasando y mis sentimientos se agolpaban desordenadamente. Solo lo que se me ocurrió decirle en el momento fue: 

-Ana no llegas a comprender que haz entrado en lo más  profundo de mi corazón. 

Ella con palabras muy firmes  me dice:   

  -A mi me ha ocurrido lo mismo y te tendré prisionero en un rincón del mío durante toda la vida, ahora quiero marcharme con el recuerdo de estos momentos que serán  inolvidables. 

Se me apoximó con lágrimas en sus ojos, puso   sus manos sobre mis hombros y dándome un beso en la mejilla se alejó a la carrera agitando una mano en son de despedida.   Parecía que tenía temor que su actitud cambiase y se uniese a mi en un fuerte abrazo que juntasen nuestros cuerpos.   

Yo quedé totalmente inmóvil,  les di la orden a mis manos que la retuviesen y no respondieron, quise gritarle que se quedase junto a mi  y no partió ninguna palabra de mis labios. Permanecí durante mucho rato en el mismo lugar paralizado por una fuerza extraña y posteriormente caminé lentamente hacia el otro lado de la rambla. 

El mar con su música apenas audible  fue mi compañía  durante las horas que demoró el sol en aparecer y fue él que me devolvió  la realidad de vida que debía de enfrentar.

  Todo esto que les he contado me ocurrió hace  mas de  cuarenta años y con cierta frecuencia vuelve a mi con toda su vivencia  como si hubiese ocurrido ayer, es como si Ana permaneciese ligada a mi y desde lejos me llamase para que  recuerde ese lejano beso que nos dimos en nuestra juventud.

                                                                                        oooooooooo

EL BARRIO BELVEDERE CONOCIDO EN EL MUNDO

Que mayor placer  encontrarme aquí  en el barrio que nací,  el tiene una vida llena de calor humano que  respiramos todos  permanentemente. Siento siempre el orgullo de formar parte de  él, en donde  lo mas importate es la solaridad que nos da la amistad que nos une,  ello parece haber surgido por el solo hecho de haber nacido allí, en que nuestra meta es la lucha por vencer en conjunto todas las adversidades que se nos presenten.

 Se que se encuentra  algo alejado del resto de la ciudad y que cuando llueve en sus calles por carecer de pavimento se pisa barro y todos  los niños quedan como presos en sus ranchos  jugando con  bolitas y  trompos.

Solo tiene ocho  casas construídas con ladrillos, todas las demás  edificaciones son ranchos de fajina que luchan por mantenerse en pié, muchos de ellos con mucha dificultad utilizando  puntales que les permiten sobrevivir con muchas dificultades.  No obstante sus precariedades  ellos  están orgullosos de estar rodeados de mucha vegetación y  algunas  flores que muestran que las manos femeninas los aprecian.

Cuando llega la noche allí reina  el silencio, que sólo está interrupido por la charla de los muy pocos que regresan a sus casas  y   por el ladrido de perros que parecen estar  comunicándose  a travez de un código desconocido por los humanos. Las calles no tienen ningún pico de luz y las personas toman  como referencia para caminar la que timidamente sale por los interticios de los ranchos,   parecen estar  fumando al ver que de todas sus chimeneas sale humo proveniente de la leña que arde en todas ellas por ser el único combustible utilizado en sus cocinas.

Llegado el amanecer  todo toma vida desde muy temprano, salen muchos   mayores a cumplir con sus obligaciones de trabajo y los niños partiéndo camino a la escuela. Allí en el barrio me quedo  yo entre los ancianos y la mujeres, porque soy de los que terminó la escuela y no tengo la edad  para realizar trabajos de adultos. En mi ocio me sumo a las charlas y los proyectos del barrio. Inesperadamente  en este momento surge  algo que todos consideramos  muy importante y da una vida nueva que nos moviliza a todos.

Es que uno de los vecinos apodado  el Chocho,  de aproximadamente cincuenta años de edad, con una  larga cabellera que peina canas,   trabajador de múltiples oficios inclusive el de músico en bailes de barrio, decidió realizar un  viaje alrededor del mundo. De acuerdo a su programación  lo acompañará    su señora y uno de sus hermanos.  Su idea tomó fuerza y logró el apoyo de todo el barrio por su gran magnitud y todas  las conversaciones se centraban en este gran proyecto que ellos pensaban  realizar,  viajando en su carro tirado por un caballo tordillo de aspecto fuerte y otro zaino que parecía algo viejo.

Pasaban los días y  yo permanecía muy próximo a los excursionistas interesándome en todos los detalles de la programación. Lo cierto era que todo el barrio estaba interesado en ese viaje que nos enorgullecía  y nos sentíamos seguros  que esto se iba a dar a conocer a travez de los diarios e  informativos radiales.               

Al anochecer comenzamos todos a reunirnos en la casa de Chocho con el propósito de colaborar con los excursionistas. Lo primero que se les ocurrió a los vecinos era que había que llevarles comida a los caballos para que engordaran y se sintieran fuertes para una marcha tan larga. Esa idea hizo que yo al otro día desde muy temprano estuviese cortando bolsas de pasto para mejorarles su alimentación.  Otras de las cosas importantes era conseguir un cuero de animal vacuno y varios de ovinos, para con ellos hacer una extructura en el carro de tal forma que sirviese para proteger a los viajeros en caso de lluvia y además  de  dormitorio durante la noche.

Yo considerándome persona importante dentro del grupo organizador, en un cuaderno viejo que me había sobrado de cuando iba a la escuela,  tomaba nota de todo lo que era  necesario que  llevaran ellos en el viaje. El  Chocho tenía todo muy claro y veía como  algo fundamental en el viaje llevar  la escopeta con cartuchos y la caña de pescar, estos elementos  le asegurarían la alimentación durante el viaje. Otras de las cosas muy importante e infaltables eran: grasa, harina y yerba.

Por donde iban a comenzar el viaje él decía que  lo tenía muy claro, porque  había hablado con muchos carreros  que le habían explicado que caminos tenía que seguir, después en la marcha se iría encontrando con otras personas que lo orientasen.

Había transcurrido un mes desde que comenzó la planificación y ya  tenían todo  organizado hasta el más mínimo detalle y el invierno había dejado paso a la primavera. Todo estaba solucionado y llegó el momento en que  el Chocho  fijó la partida para el primer domingo  de octubre en horas de  la mañana. Llegó ese tan esperado día y frente a su casa  estaba todo el barrio para desearles buena suerte, desde los niños más pequeños hasta las personas  más ancianos. Muchos le traían algo de comida para que llevasen para el viaje y mi recuerdo muy especial por haberme  llamado mucho la atención,  fue cuando vi  a  una persona anciana que le entregó a los viajeros una foto de uno de sus nietos  y le solicitó que la dejase en una iglesia de otro país para que le quitasen un mal que lo aquejaba.

Fue en ese momento que Chocho parado junto al carro nos habló con voz fuerte acorde con el momento, a todos los que estabamos allí reunidos para despedirlos:

  -Desde aquí parto para una ciudad que se llama Minas y desde allí Dios me indicará el camino a seguir, tengan presente que este viaje  durará muchos años. Nunca me voy a olvidar de ustedes y en los distintos países por los que pase nombraré este barrio diciendo que es el mejor del mundo.

Estas palabras que fueron expresadas con fuerza y voz de discurso de despedida, recibieron el aplauso de todos nosotros y arrancaron  muchas lágrimas al ver la gran valentía que tenía esa familia de partir por el mundo representando a su pueblo y en especial a nuestro barrio. 

Se subieron los tres al carro e iniciaron la marcha agitando sus manos a todo  el barrio que estaba  allí reunido y espontáneamente los vivaban fuertemente,  deseándoles buena suerte y solicitándoles que no se olvidaran de ellos.  

Pasaban los días y la conversación de todos los vecinos era de como les iría en el viaje al Chocho, en general todos eran optimistas considerando que debían de estar a mucha distancia, unos opinaban que ya debían de estar en otro país quizás hablando otro idioma, otros no tan optimistas decían que el Uruguay es muy grande y para salir de él les iba a llevar como un mes.  

Ya habían transcurrido dos meses  que habían partido del barrio esas personas que con horgullo y enteresa se alejaron para recorrer tierras lejanas cuando en un atardecer se vió a todo el barrio  corriendo por las calles gritando:     

-Volvió Chocho con la familia, están en su casa.  

Yo fui uno de los que corrí para  que nos contase las cosas importantes de su transcedental viaje.  El cariño que todos sentíamos por ellos se manifestaron en gritos, abrazos y besos. Ellos allí descargado toda la carga de su carro y  como personas importantes que en ese momento lo eran,  hablaban del viaje que habían realizado entre los cerros. Mencionaban sus importantes cacerías de  animales desconocidos y que les permitieron alimentarse sin problemas, de las grandes carretas que tiradas por cinco yuntas de bueyes cargadas de leña  se dirigían a una ciudad muy importante que se llamaba Minas. Sumado a todo lo que ellos expontáneamente nos contaban y dando respuesta a nuestras preguntas, las horas corrieron y permanecimos con ellos  hasta llegada a la madrugada. 

Ellos permanentemente decían que los culpable  de su regreso fueron los policías de esa ciudad a la que habían llegado, los que no podían entender las razones del viaje y le impusieron la vuelta a Pan de Azúcar.  Les afirmaban que  no podían continuar  por ese camino que habían tomado porque por él no iban a llegar ni a Brasil,  ni a Argentina. El Chocho insistía que igual viajaban a cualquier otro país, pero la policía los obligó a regresar y  que sino hubiese sido por ellos el viaje no se hubiese interrumpido.

Todos al otro día contábamos del regreso del Chocho y que estábamos convencidos que ellos estaban dispuestos a realizar un nuevo emprendimiento por rutas desconocidas.  

Mi conclusión es que todas las personas pueden emprender empresas conformadas unicamente  por sueños irrealizables y  no por ello se tienen que transformar en negativas  porque el soñar es algo fundamental en la vida humana.

Walter Nelson TORRES ENRIQUE

Pan de Azúcar, 21 de setiembre de 2012

EL HOMBRE DE LA NOCHE

-Desde hacía dos años Julián vivía aún mas allá de la vía del ferrocarril, en donde las casas están espaciadas y los vecinos se saludan por las mañanas intercambiando sus opiniones sobre la mayor diversidad de temas, su información mas apreciada la tenía de un viejo jubilado que era conocido con el apodo de Tito.

No se les  escapaba a ellos hablar  sobre el “Hombre de la Noche”, como se le llamaba a una persona que un par de veces a la semana se le veía dirigirse después de que desaparecían las luces del día en dirección al  almacén y bar del Tano, que era muy conocido para ellos y que se encontraba a tan solo una cuadra luego de cruzar la vía. 

El Tito tenía la seguridad de que esa persona que les resultaba tan misteriosa a todos, era la misma que había  vivido antes en ese campo veinte años atrás y que se le conocía por el apodo Gauchito. Le explicaba todo lo que había ocurrido un veinticinco de setiembre del año mil novecientos cincuenta y dos a ese joven tan bueno que era casado con una muy buena señora y poseedor de una hija pequeña, por culpa de unos gauchos diciéndole bromas inaceptables y  fuera de lugar lo llevaran a que fuera posesionado por el mismo Satanás.

 Todo ello el Tito se lo sintetizaba de la siguiente manera:

“En la mañana que te mencioné y antes del medio día llega el Gauchito a realizar compras de comestibles para su casa, realizando el pedido con una sonrisa que siempre se dibujaba en su rostro que irradiaba simpatía. Un hombre desconocido en la zona se le aproxima y le dice:

-Le vas a llevar alimentos para la linda mujer que tienes en tu casa, así te queda mas llenita de carnes para que otros te la usen.

El Gauchito pareció no entender lo que le estaban diciendo o simplemente prefirió hacerse el desentendido. Pero otro que formaba el grupo de atrevidos se le aproxima y agrega:

-Yo no lo he hecho pero no me faltan ganas, se que muchos la disfrutan. 

Esta vez dio media vuelta el Gauchito y sus ojos se le salían de las órbitas, el rostro parecía  de otra persona pero de su boca no salió una palabra. Un tercero se para frente a él y le dice:

-Yo doy prueba de como es como mujer porque la he disfrutado.

Ahí fue cuando el Gauchito se transformó y perdió todo el control de si mismo. Ganó el lugar de la puerta y tomo el cuchillo de trabajo que tenía en su cintura y con el en su mano, comenzó con una rapidez asombrosa a apuñalar con violencia extrema a los que le habían faltado el respecto y no dejaba de hacerlo hasta que caían al piso. Se veía sangre por todos lados y él también estaba empapado de ella. Cuando vio que estaban los tres hombres en el piso fue cuando se sintió su voz preguntando:

-¿Alguien me quiere decir algo? ¿Alguien quiere hablar de como es mi mujer?

Todos fueron ganando la puerta y cuando estaban  afueran  salían corriendo en forma despavorida para cualquier lado. Hasta que en el boliche solo quedaron el Gauchito y los apuñalados.

Salió del comercio lentamente se subió en su caballo y se marchó al paso en dirección a su domicilio, iba todo ensangrentado y con el cuchillo en la mano. Quienes lo veían ponían cara de estupor  se persignaban y corrían hacia sus casas en donde se encerraron por varias horas. Luego se fue aproximando toda la población al comercio del Tano, hablaban todos de lo espantoso de lo sucedido. En el  ya estaba la policía y le había informdo a los mas cercanos que los tres apuñalados estaban muertos.

Por la tarde la policía fue la casa del Gauchito y este salió caminando hacia ellos con las manos en alto. Unos policías decían que ellas indicaban que se entregaba, pero otros afirman que tenían las palmas de las manos juntas y elevadas hacia el cielo en  una inconfundible señal de pedido de perdón y auxilio a Dios. En la puerta quedaron su señora y su hija, ambas arrodilladas y llorando hasta que llegó la noche.

Lo cierto que todo lo narrado había ocurrido hacía mas de quince años y nadie tuvo ninguna información de él en todo ese tiempo. Tampoco se supo nada de su señora, ni de su hija y todos estaban en conocimiento que al segundo día de haber sido llevado preso al Gauchito, en su pequeño campo pasaron a vivir otras personas desconocidas .

A todo lo que les conté el Tito le agregaba:

– Todo lo que te he dicho concuerda con lo que te pueda decir cualquier persona del pueblo, simplemente que nadie quiere hablar de este hecho. Tú puedes comprobar que cuando entra él al boliche del Tano todos hacen un silencio total, dejan de jugar al truco y le dan lugar cuando se aproxima al mostrador. Él nunca habla solo le entrega un papel con el pedido de la mercadería que requiere y en forma rápida se le es entregada.  Cuando ya se aleja todo toma el ritmo habitual, pero sin hacer nadie el mas mínimo comentario de lo que allí pasó. Tienes que entender que la alegría que tenía el Gauchito la perdió en los años años que pasó en la cárcel y de ella salió el hombre amargado y triste que tú lo conoces como el Hombre de la Noche.

Julián muy extrañado de todo lo que le había dicho de ese hombre casi fantasma, un día le pide al Tito que le cuente como era la vida que llevaba  en su campo. A lo que el Tito le responde casi en secreto lo que sabía:

-Después de mas de quince años de haber realizado el triple crimen El Gauchito aparece transformado en el para ustedes extraño hombre y se instala en el campo que antiguamente había sido suyo. Lo que siempre resultó extraño es que desaparecieron misteriosamente del mismo los hombres que lo estaban habitando. También se cuenta como algo muy curioso del campo y es que hay una quebrada en la que durante las noches de calor aparecen luces extrañas. Hay quienes dicen que esas son luces malas provocadas por algunas almas que andan penando sin poder partir de ese lugar. Un familiar mío me dijo en confianza aunque es algo que nadie repite, que habiendo luna llena aúllan a  media noche todos los perros de la cercanía como si fuesen lobos. Se sabe que todos los vecinos cuando ocurre esto prenden una vela, se arrodillan y se ponen a rezar, pero también es conocimiento de todos que al otro día nadie quiere hacer el mas mínimo comentario de este hecho.

Julián encontraba todo muy difícil de entender lo intrincado de toda esta historia y hacía esfuerzo para creer que lo  que le contaba su vecino era realidad.  A todo ello se le sumó lo que ocurrió cuando estando con su vecino conversando como lo hacían a diario,  cruzó frente a ellos un carro grande tirado por dos caballos percherones. Quién llevaba las riendas de los caballos era un hombre bastante mayor , de cabello enmarañado y largo al igual que su barba ambas cosas  se veían que hacía años que no habían sido cortadas. La única vestimenta que se le veía era un túnica blanca que le llegaba hasta los tobillos y un gran sombrero de alas muy anchas. En un asiento detrás del hombre que manejaba las riendas de los caballos iban sentadas dos señoras con sus cuerpos también cubiertos con túnicas  y en su cabeza llevaban pañuelos  atados al mentón que le cubrían casi la totalidad de la cara. El carro iba lleno de baúles y cajones, pero lo que mas llamaba la atención era que por encima de toda la carga había una Cruz de gran tamaño, laqueada en su totalidad de color blanco y se le veía realizada con mucha prolijidad.

Ninguno de los dos sospechó que en ese carro iba un religioso con el propósito de llevarle la paz interior que el Gauchito había perdido hacía muchos años y en él también iban la señora y su hija. Al finalizar el día estaba erigida la Cruz en la proximidad de su casa y frente  a ella estaba arrodillado en forma inmóvil el señor de la larga barba que la había trasladado. Todo se estaba realizando con el propósito de que ÉL llegase a ese hombre que estaba viviendo en una soledad y amargura interior que lo tenía amarrado en la obscuridad, solo ÉL lo podía liberar de esa prisión en la que estaba que era mas torturante que las rejas que lo habían alejado del mundo durante quince años. El arrepentimiento no tenía la fuerza necesaria para llevarlo a la vida en su plenitud de ser humano y necesitaba que le llegase el Supremo para que su ser se sintiese liberado de culpa.

Se había presentado una noche estrellada y muy calma, la que se mantuvo exactamente hasta las doce de la noche, a esa hora se sintió un estruendo como si hubiese sido producido por cien truenos que resonasen al unisono, pareció que vibró toda la naturaleza y el cielo se pobló de miles de culebras de fuego que víboreaban, produciendo una luminosidad que hacía pensar que el infierno se había instalado en la tierra. Pero esto duró menos de un minuto y todo ello fue seguido por el fuerte sonar de campanas. Ellas hacían sentir una melodía que partiendo desde la tierra se  acompasaban por otras que llegaban desde el  cielo.

 No fue mucho el tiempo transcurrido desde que comenzó la melodía de las campanas, cuando se ve que todo el pedazo del campo donde aparecían  las luces malas estaba ardiendo. Del fuego de gran tamaño se desprendían trozos de él formando llamas danzarinas que se elevaban hacia el cielo con movimientos acompasados por el redoble de la sorpresiva orquesta ejecutada por manos invisibles. Posteriormente las campanas comenzaron a hacerse sentir mas suavemente hasta que desaparecieron y el fuego dejó de verse.

Es evidente que todo lo ocurrido esa noche se dio en la lucha interior que tuvo ese hombre, que pudo rehacer su vida con la ayuda Divina.  El Supremo le llegó con tal fuerza que pudo retomar su camino, quedando la desgracia que le había ocurrido años antes sin ese sentido de culpabilidad torturante que se había apoderado de su vida y le tenía agobiado.   

 El nuevo día llegó  con un hermoso amanecer y en todo el entorno no quedaba ningún rastro de lo que había ocurrido en la noche, en la parte del campo en donde se había visto tanto fuego el césped tenía un hermoso verdor y estaba poblado por flores. No se veía la Cruz, ni el señor de la túnica, todo ello había desaparecido como por arte de magia. Ahora estaba allí una familia feliz y llena de ganas de vivir, que se reintegraba a la comunidad que había abandonado por tanto tiempo

Cuando el sol ya había despuntado totalmente parte de allí un pequeño carro tirado por un ágil caballo, en él iban un señor de mediana edad, una elegante señora y una joven de menos de veinte años. Iban muy sonrientes y conversando con una alegría que se le reflejaba en sus rostros. Al cruzarse con las personas que caminaban por la calle ellos las saludaban con  cordialidad como si las hubiesen  estado viendo todos los días.

Llegaron al boliche que el frecuentaba para realizar sus compras en horas de la noche y saludaron con cortesía a todos los presentes, al aproximarse al Tano estrechando su mano le dice:

 -Si yo soy quién tú llamabas muchos años antes El Gauchito, hace un tiempo que te visitaba de noche y solo, hoy vine acompañado por mi señora y mi hija,  ellas son las que te realizarán  las compras. Te voy a contar Tano que ayer recibí un mensajero que estaba hace tiempo esperándolo y logró que en la noche viniera  ÉL y estuviese junto a  mi cama por mucho rato marcándome el camino que debía seguir. ÉL logró con su presencia que yo lo retomara después de tantos años que lo había abandonado. ÉL  me devolvió la alegría y las ganas de vivir que había perdido. Es por eso que a partir de hoy sigo siendo para mi familia y para todos el GAUCHITO.

Walter Nelson TORRES   (Pan de Azúcar-Uruguay)

¿DONDE ESTA ESA MUÑECA?

En un gran hospital  yo caminaba por sus largos pasillos  cruzándome con médicos, enfermeras presurosas, enfermos de todas las edades y personas que como yo deambulábamos por los pasillos realizando preguntas para encontrar una sala en la que se encontrase la enferma que querían visitar.

Yo sabía que allí tenía que  estar internada una niña vecina mía que vivía  en una casa semidestruída y abandonada que estaba ubicada a no mucha distancia  de mi domicilio. Todas las mañanas cuando me dirigía hacia el trabajo la veía sentada en el marco de la puerta con su mirada perdida en la nada, insensible a los movimientos y los ruidos de la calle.

Todos pasaban indiferente ante esa niña que estimo debía de tener seis o siete años, que sin ser rubia tenía el cabello muy claro y unos ojos que siempre me cautivaron por su dulzura.  Yo siendo la excepción de los demás transeúntes me detenía frente a ella para saludarla y en su mano le depositaba  algo que siempre era diferente, desde golosinas a un muy pequeño juguete que había comprado en el quiosco de la esquina. A cambio de ello yo obtenía de regalo su sonrisa y sus muy suaves palabras que me decían:”muchas gracias señor”. Yo seguía mi camino con: ” un hasta mañana querida”, sabiendo que había comenzado bien el día al realizar una pequeña siembra y obtener  una gran cosecha para mi corazón.

Cuando llegó el invierno los días se hicieron fríos y lluviosos, era muy frecuente que pasasen días sin verla  y yo tener que continuar mi camino con el  regalo que tenía para  ella en el bolsillo. Las pocas veces que la veía  la notaba con mucha palidez en su rostro y su sonrisa apenas se  dibujaba sin mostrar  alegría.

 Pero habían ya pasado varios días de sol y mi pequeña amiga  María no aparecía sentada en la puerta de su casa, la que  estaba esta siempre cerrada. Este hecho me tenía muy  preocupado por lo que  siempre caminaba presuroso con la esperanza de verla pero esto no ocurría.   Pasado varios días  al regresar del trabajo me detuve frente a esa puerta y la golpié con el propósito de que alguien saliese y me diera noticias de la niña. Pero nadie acudió a mi llamado  y entonces tuve que recurrir a los vecinos para que me informaran  sobre ella. Pero lo que pude saber era que vivía presuntamente con una señora que debería de ser su mamá, que llegaba en horas de la noche y se recluía dentro de la casa, ni cual era el nombre de esa  señora, todo se mostraba como un misterio. Al yo indagarles por la niña que hacía muchos días que no la veía se me informó que una noche vieron detenerse una ambulancia frente a la casa y que en ella se llevaron a María. Supe también que la misma se dirigió en dirección de un Hospital  que estaba ubicado en la zona del puerto y que desde ese día los vecinos no vieron mas a la pequeña ni a la señora.

Llegado el próximo día sábado en horas de la mañana me dirigí a la parada de ómnibus y tomé el primero que se dirigía a la zona del puerto, con el propósito de llegar al hospital en que estaría internada mi pequeña amiga. Desde horas muy temprano estaba despierto y sumamente nervioso por llegar a ese destino incierto en que existía la posibilidad de encontrar a mi pequeña amiga. Me hacía muchas conjeturas sobre su estado de salud,  imaginándomela  enfermita acostada en una cama.  Todo ello aumentaba mi preocupación y el deseo de estar lo mas pronto posible junto a ella.  

Es por ello que ya en él deambulaba triste y nervioso, con la incertidumbre de saber si encontraría a mi niña y cual sería su estado de salud. Muchos eran las niñas que veía pero ninguna era mi María, hasta que llegué a una Sala que a poco de entrar en ella siento una dulce y débil voz que me llama por el único nombre con que ella me conocía: “Señor” .

Que hermoso fue sentir esa voz, corrí hacia ella puse una mano sobre una de sus mejillas y la otra se la llené de besos. Su pálida cara se llenó de una tímida alegría y dibujó una sonrisa de esas que siempre me regalaba cuando estaba sentada en el marco de su puerta. 

Permanecí  junto a ella con una de sus manitas presionada por la mía, tenía temor de realizarle preguntas que pudiesen herirla y ello me llevó a un silencio que duró mas de una hora. Cuando llegó un médico haciendo la recorrida por la sala me le aproximo y le pregunto por la salud de la niña  a lo que él me responde: “su salud no es nada buena, es un caso sumamente delicado”. 

Volví aún mas triste junto a ella y le pregunto: “te quiero hacer un regalo, dime que es lo que tu prefieres”. Ella me mira a los ojos y me responde: ” yo estoy siempre sola señor,  si usted  me regalase una muñeca tendría a alguien que me acompañe”. 

Me despedí de ella prometiéndiole que al otro día la volvería a visitar trayéndole  el regalo prometido, a lo que ella me responde: “le voy a hacer un pedido señor,  si usted ve a mi mamá dígale que yo la quiero mucho y que el verla me haría muy feliz”. 

Luego de salir del hospital con una gran tristeza caminé por horas por las calles de la zona portuaria,  solo  pensaba “DONDE ESTA ESA MUÑECA”   que pueda suplir a una madre.  

                                                                                                                 Walter Nelson TORRES  (Pan de Azúcar-Uruguay) 

RECUERDOS DE MI NIÑEZ

Cuando yo era un  niño  no sabía distinguir la pobreza de la riqueza, lo único que distinguía era el tener comida o no tenerla y el saber que habían cosas que debían de ser muy opetitosas pero solo se podían llegar a ellas con la mirada. Después de pasados muchos años y yo ya adolescente me di cuenta de que mi casa de niño  en las afueras de la ciudad era muy pobre. Ella contaba con dos habitaciones realmente pequeñas, una de ellas era utilizada como cocina y comedor, la otra era el dormitorio de toda la familia. Eran muy escasos los  mobiliarios y  utensillos que ella tenía,  se podría decir que  faltaban hasta aquellos que son  practicamente imprescindibles. Lo que si abundaba dentro de ella era el cariño grande de mi  madre, que ha su manera trataba de suplir con su amor todo aquello que faltaba. 

Recuerdo de las  mañanas que muy  temprano luego de comer un trozo de pan  y tomar una taza de leche cuando la había, yo partía hacia el centro de la ciudad a cumplir con mi trabajo que realizaba en una agencia distribuidora de diarios .  Allí me entregaban  un montón de ellos y yo partía a la calle para realizar su venta, no incidía en ello si había frío o calor,  si llovía o no. Esto para mi era una obligación diaria y de ello dependía en mucho si al mediodía estaba el dinero suficiente para que se hiciese realidad el poder comer mi mamá,  mis hermanos y yo.

Llegada la tarde las obligaciones laborales seguían pero eran otras porque asumía el trabajo de lustrador de calzados. Tomaba un pequeño cajón que para esos efectos me había hecho un vecino y en él estaban  los elementos mas necesarios para cumplir la tarea como lo eran los cepillos, las dos latas de pomadas de los  colores marrón y negro, complementado todo ello estaban los  trozos de trapos que tenían su origen en algún pantalón viejo encontrado en la calle.

La mayor parte de las lustradas  las  realizaba en la plaza, porque en los bares por una razón que desconozco no eramos bien vistos los que ejercíamos esta tarea y por general nos corrían sus dueños, eso era algo que yo nunca pude entender porque me preocupaba de ingresar al local  sin molestar. Parece algo común que innumerables  personas rechacen todo aquello que no lo benefician directamente.El negocio de lustrar calzados  considero que era para mi muy bueno y de cierta manera hasta agradable porque me permitía caminar con cierta libertad por las calles.  Escaso  era el número de  clientes para con ellos acrecentar el resultado económico. Los sábados eran los días en que  el trabajo se duplicaba, pero los días de lluvia me sentía un desgraciado porque no  encontraba a ningún hombre que  quisiese hacer lustrar su calzado.  

Nadie le  prestaba mayor atención al trabajo que le estaba realizando la única  observación  infaltable estaba centralizada en esta  frase “no me le pases betún al calcetín, lústrame los zapatos unicamente”, y eso era algo de lo que me preocupaba mucho y  utilizaba trozos de cartón como protección para que esto no ocurriese.  Los clientes  me abonaban lo acordado y la gran satisfacción era cuando me daban una pequeña propina, por el valor monetario que ello significaba y porque con ello sentía que me habían hecho un reconocimiento  positivo al trabajo realizado.

Ahora ya pasados los años me doy cuenta que esas tareas que  las  personas en general las miran como tontas,  para mi por lo contrario  eran muy importantes y las  realizaba con esmero, por el significado de obtener de ella  un resultado económico  que se iba a transformar en comida en una muy modesta mesa como era la nuestra.

Esos años de mi niñez recorriendo las calles con mi cajón de lustrador de calzado me dio momentos de mucha alegría y eso  acontecía en las oportunidades que me encontraba con  una  camioneta  manejada por una persona joven. Siempre  estaba cargada con cajones con frutas que trasladaba el señor  para la venta en distintos  comercios de la ciudad. Yo me le aproximaba respetuosamente y lo  saludaba a su propietario, él retribuía mi saludo y ponía siempre en mis manos frutas que eran unas veces duraznos, otra ciruelas o racimos de uva. Se veía en su cara que él lo hacía con la mayor naturalidad y con un toque de amor que se reflejaba con una sonrisa  y porque además yo veía que siempre elegía las frutas que parecían mas dulces.  Desconozco hasta el día de hoy si en ese momento él se daría cuenta que para mi esa fruta iba a llegar a mi paladar como algo maravilloso, por ser las únicas que me llegaban   ya que en mi casa no existía el dinero necesario para comprarlas.

Ya han pasado varios años de esa niñez que les hablé y yo dejé de ser  diariero y lustrador , ahora soy un joven que trabaja como empleado de una barraca. Un  día del mes pasado cuando yo me dirigía a mi domicilio a almorzar ,   vi para sorpresa mía al joven que cuando era niño me regalaba frutas.  Estaba detenido frente a la misma  camioneta de la que había partido tanta felicidad para mi cuando era niño. Me aproximo a él no ya con el propósito de obtener su obsequio de frutas, lo que yo deseaba en ese momento era sentir el placer de  saludarlo y ofrecerle mis servicios porque me pareció que él podría requerir   alguna ayuda que yo le pudiese prestar.  Luego de ponerme a sus órdenes él me solicitó que le hiciese el  favor de conseguirle un auxilio mecánico que el necesitaba para hacer funcionar su camioneta. Cuando yo partía presuroso  para cumplir con lo que me solicitaba,  él me  detiene con el propósito de  darme una propina por el mandado que le iba a realizar.

Yo  sin aceptársela se la agradezco y me atrevo a decirle que él es una persona a la que  quiero mucho y  que estaré a sus órdenes   durante toda la vida, le recuerdo que cuando yo era niño él me daba siempre frutas y que esas eran las únicas que comí en mi niñez y que  no me iba a olvidar  jamás de ellas que eran  exquisitas, ni de él que me las colocaba en mis manos con tanto cariño.

Allí ocurrió algo inesperado, él se me  aproximó y me abrazó muy fuerte. Emocionado mirándome a los ojos me dijo: ” que en ese momento  le había hecho el regalo mas grande que había recibido en su vida, al hacerle saber que había sido fuente  de felicidad un niño y quizás de muchos  niños más porque su mano siempre se extendió  para cambiar fruta por sonrisas”.    En ese apretado abrazo a los dos se nos cayeron  lágrimas, que no eran de dolor ni de alegría, evidentemente  eran de estados emotivos muy  profundos y diferentes que teníamos los dos. En mi se gravó muy fuerte ese abrazo que estoy seguro  que lo guardaré permanentemente  en la historia de mi vida,  pienso que en él debe de haber ocurrido lo mismo.  No pongo ninguna duda que hay cosas que parecen ser pequeñas en forma aparente y que llevan impresas algo muy grande que hacen que sean imborrables en la vida de las personas.    

          Walter Nelson TORRES     

ME ROBO MI PRIMERA NOVIA

Creo que era un niño que quería ser un joven, había iniciado mi tercer año de secundaria. Creo que es una edad en  que  todos los muchachos comenzamos a sentir una gran atracción por las jóvenes que van dejando se ser niñas y yo no era excepción.

Yo asistía a clases en el turno de la tarde y cuando regresaba para mi hogar en bicicleta después de cumplir la jornada, atravesaba lentamente un lindo y modesto barrio atraído por todo lo que mis ojos veían. Ocurrió que comencé a ver con mucha frecuencia a una chica que me resultaba sumamente atractiva y respondía siempre sonriente a mis saludos. Cada día mi atracción hacia ella era mayor y estaba siempre pendiente de que mis ojos la viesen, luego hacía el trayecto hasta mi casa con su imagen prendida  de mis retinas.

No pasaron muchos días sin que yo sintiese el impulso de planificar cual era la forma de aproximarme a ella y entablar un  diálogo. Tenía muchas contras para ello entre otras mi inexperiencia total en las lides amorosas, sumándose a ello que era un muchacho de campaña que no mantenía ningún diálogo con jóvenes fuera del liceo.

Una tarde de acuerdo a lo por mi planificado atravesé el barrio caminando con la bicicleta a mi costado. La vi en el  lugar que estaba siempre, me sentí muy nervioso y las piernas me temblaban cuanto mas me aproximaba a ella y mas hermosa la veía. Cuando me le enfrenté  recuerdo que con gran esfuerzo la saludé, le pregunté su nombre y mantuvimos un corto diálogo, pero con la promesa de continuarlo al próximo día.

Llegué muy feliz a mi casa sintiéndome ya un hombre adulto con pretensiones  de conquistador. Mas importante que planificar los estudios era saber la  táctica de ataque para el día siguiente, no podía haber ningún tipo de error todo tenía que hacerlo  al detalle.

El próximo día nos encontramos en el mismo lugar e igual hora, nos saludamos como viejos conocidos y me regaló muchas sonrisas. Era día viernes y por temor de no verla el día sábado  le hice la invitación para ir juntos al cine el día domingo y como era lógico sería a la  función de la matiné.

La prevención estuvo bien fundada porque el día sábado no la vi. El día domingo almorcé apresurado porque antes de la hora catorce tenía que estar en el cine. Me vestí cuidadosamente observándome permanentemente  en el espejo y para que mi peinado tuviese más prestancia me coloqué brillantina  como usaban todos los adultos.

Media hora antes de comenzar la función yo ya estaba en el cine y en  cuanto abrieron la boletería  saqué dos entradas. Pasaron varios minutos que me parecieron horas y mis ojos bailaban por  todos lados y no la veía aparecer, eso me ponía muy nervioso. Pero en determinado momento se me volvió todo alegría,  la vi llegar mas hermosa que nunca. Tenía el impulso de correr hacia ella pero me contuve de hacerlo, lo cual no quiere decir que no lo haya hecho con paso rápido.

La saludé por su nombre que ya sabía que era Magdalena, que tenía catorce años cosa que quizás no fuera cierto a lo cual  no le daba importancia, yo al decirle mi edad me había agregado uno más para parecer mas hombre diciéndole que tenía quince.

De cuerdo a lo que ya tenía pensado le dije que me gustaba sentarme en los últimos asientos del cine, ella accedió   y entramos un rato antes de comenzar la función. Hablamos de cosas banales hasta que se apagan las luces y comienza la función. Para suerte mía la película tenía pasajes románticos lo que estimuló mas mi iniciativa  de aproximación. Le tomé la mano que estaba sobre su rodilla y ella siguió en la misma postura de interesada en el desarrollo de la película. Confieso que mi mano permaneció inmóvil por temor de que hubiese un rechazo por parte de ella al realizar un movimiento inoportuno,  pero lo muy cierto es que finalizada la película de ella sólo recuerdo su título.

La segunda  era de guerra pero el instinto romántico me permaneció incambiado y realizando un esfuerzo mi mano  permaneció quieta en el límite de la suya. Terminada la función de cine la acompañé hasta su casa manteniendo una conversación alegre y prometiéndonos vernos al día siguiente lo que así ocurrió. Fue una tarde que a muchos les resultaría tonta, pero para mi fue una de las tardes felices de mi vida al dar los primeros pasos por el camino del romanticismo de la adolescencia.

Los días fueron pasando y eramos una tierna parejita que caminaba todos los días tomados de la mano recorriendo el barrio, muchos nos miraban con ternura y otros se burlaban de vernos tan jóvenes. Seguimos llendo a la matiné de los domingos y en ella nuestra aproximación fue en aumento, comenzamos dándonos pequeños piquitos  y estos fueron  creciendo a través del tiempo,  pero siempre  con contenidos de ternura. El erotismo me aparecía en la imaginación después que me alejaba de ella.

Habían pasados ya varios meses  manteniendo  nuestras relaciones amorosas, cuando  Magdalena me dijo    que se iba a alejar con la mamá por un tiempo para la ciudad de Maldonado, me sentí triste y temeroso de no poderla volver a ver.

Estaba ya predestinado que nos separaríamos y así  ocurrió, los dos seguimos la vida que nos marcó el destino.  Ella de  niña pasó  a ser mujer transcurriendo su vida  alejada de mi  y yo pasé ha ser un hombre adulto con los intereses que nos trae la vida y viendo al sexo opuesto con otra intencionalidad y manejando escala de valores que acertados o no los apliqué a mi saber y entender.

Una sucesión de hechos  marcan la trayectoria de nuestras vidas, tenemos que vivir en una lucha permanente por el presente y pensando en que nos deparará el futuro. Pero  cuando estamos sobrados de tiempo revivimos nuestros pasos por la adolescencia lejana y yo  reiteradamente  recordaba a esa mujer casi niña, tan linda y delicada con la que había tenido mi primera relación amorosa, tonta y sana que me había dejado una gran huella en mi recuerdo.

A más de cincuenta años de haber abandonado la adolescencia una tarde estaba hablando con un amigo de la juventud , cuando en determinado me dijo con acento de sorpresa:

-Conoces a aquella señora que va allá.

Le respondí:

-Aquella anciana que camina con un bastón canadiense, no la he visto nunca. No tengo la menor idea de quien puede ser, eso que soy bastante fisonomista.

Sonriendo me dijo:

Yo he viajado permanentemente toda mi vida a Maldonado y es por eso que la conozco. Esa es Magdalena tu primera novia.

Creo que mi cara se debe de haber transformado, quizás el gran  dolor que me produjeron sus palabras se  reflejaban en ella.  Porque en forma inmediata me preguntó:

¿Que te pasa? Tomastes a mal lo que te mencioné.

En ese momento recuerdo que le dije:

No obstante ser mi amigo de toda una vida me has robado en un segundo la novia más linda que he tenido, la que siempre guardaba como un rincón de frescura y que me rememoraban mis lejanos momentos de la  juventud y que en parte me permitía seguir viviendo  dentro de ella.  Ahora que me la quitaste me quieres entregar a cambio  una anciana.  Al pensar en ella me sentía  joven y en un momento con muy pocas palabras has logrado que   pase a ser un viejo.

La tercera edad intentamos rechazarla al suplantarla con hermosos  recuerdos de nuestros pasados y nos beneficiamos al permanecer  prendidos a ellos. Que lástima que mi amigo me robó uno que tenía como uno de los trofeos más preciados y con él perdí a mi primera novia, tan tierna y hermosa. Esto no se lo podré perdonar jamás.

                          WALTER NELSON TORRES ENRIQUE

UN DÍA Y UNA NOCHE

A cinco kilómetros de Pan de Azúcar, en una modesta casa rodeada de jardín y frutales vivía una familia en la que yo era un joven integrante de ella, con mis veinticuatro años llenos de vitalidad y sueños. A la mañana los gallos anunciaban  el amanecer y al asomarse la luz por la ventana yo salía de la cama. Era un veinticuatro de octubre de mil novecientos setenta y dos y salí al patio de mi casa cuando el sol que ya había asomado media cabeza en  el horizonte y estaba dando su orden diaria de que todo cantase.

Cumpliendo con la orden recibida una pareja de horneros muy juntos ellos tanto que se tocaban sus alas, estaban  posados en limonero y cantaban al unísono como lo hacen siempre, con sus miradas puestas hacia el cielo no dejando ninguna duda de que lo hacían dando las gracias a Dios por un nuevo amanecer. Hasta unas dulces palomitas de la virgen con sus dulces movimientos parecían que transformaban  su mutismo en canto integrándose a la melodía matinal.

Es que todos los pájaros cantan por la mañana alegres de tener un nuevo día y es posible que esto nos contagie a quienes convivimos con ellos, será por ello que siempre a esa hora nos sentimos muy alegres y con ganas de aplaudir al sol que nace.

Transcurrieron  las horas del día y apareció un tinte rojizo en el poniente anunciando que el sol se iría. Es que en campaña la noche está agazapada  y de un tirón se lo lleva para dar paso a la noche,   no es como en la ciudad que tiene la complicidad de la luz eléctrica para disimular su fuga.

Ahí aparecen esas horas que muchas veces son  tristes, largas y melancólicas.  Para tratar de evitar estas horas era frecuente que yo me trasladase a nuestro pueblo y  en la camioneta de mi papá. Luego de cruzar  las vías del ferrocarril, avanzaba por un camino bordeado de cina cinas y uñas de gato, vegetación esta que tenía la función de dar sombra a los pájaros durante el día y ser cómplice de amores furtivos durante la noche. Fue por esa calle que me introduje en el llamado Barrio del Peligro, poblado por gente humilde y trabajadora,  allí  se veían unas pocas modestas casas y muchos ranchos que luchaban por mantenerse en  pie. Todos ellos fumaban y nos guiñaban una pequeña  luz por sus ventanas.

Pasé frente al Boliche de Doña Claudia, que era un muy modesto rancho escondido por un ombú que siempre daba abrigo a los viejos que dormían bajo ellos después de saborearse unos vasos de vino. En su interior estaba la obscuridad apenas rota por la luz de una vela y una lámpara a mecha de queroseno.

Sin verla sabía que detrás del mostrador de tablas que tenía acumulado todas las manchas que el uso de los años le había dado, estaba la vieja Claudia masticando su gran pucho de tabaco en la boca y que cerca de ella placenteramente dormía su gato barcino dentro de la barrica de yerba deseando que nadie lo molestase. Frente al mostrador estaban dos o tres viejos que apoyados en sus codos contemplaban sus vasos de vino, que lentamente iban bebiendo, los que les habían costado las monedas que no tendrían al otro día para comprar algo para la comida, por lo que tendrían que valerse con  algo de cocido que la misma Claudia les daría. Como bebida el boliche solo tenía vino y caña, sus clientes tenían la característica de que nunca reían, hablaban o se movían. Es que allí siempre reinaba un triste silencio de su reducida clientela de escaso poder económico  y pocas ganas de vivir.

A la vuelta de la próxima esquina mirando  hacia la izquierda veía una larga calle que se iba prolongando entre ranchos de fajina, que milagrosamente estaban de pie. Es por allí a solo media cuadra  estaba el boliche de Churi en una casa de material que como por arte de magia los días sábados se tranformaba en un renombrado salón de baile, desbordante de música que surgía de la guitarra de Churi y una acordeón de turno, esta orquesta cambiaba su  ritmo si aparecía la batería del Chocho Peña. Entonces si estaría la calle poblada de autos y personas caminando por la calle con sus botellas de vino o cerveza  en la mano. Allí estarían muchos hombres del centro en busca de lograr una conquista fácil o por el solo hecho de tomar alcohol y bailar.

Luego de cruzar ese barrio que por la noche parecía que tenía cierto aire de misterio llegué al centro en donde tomé un  café y charlé con un viejo compañero de secundaria, pasada una hora larga emprendí el regreso para mi casa.

Apenas había llegado al barrio que les nombré veo a un  señor mayor que corría hacia el centro, por su urgencia no cabía duda de que estaba impulsado por un gran problema. Era el señor Alonso y al llegar frente a él me detuve para ponerme a sus órdenes. Me dio las explicaciones de un problema de salud que tenía su hija y me solicitó que lo llevase al médico.

Pasadas dos horas yo me encontraba en el hospital con el esposo de la hija del señor Alonso que había perdido su  embarazo. Allí llegó un señor que sin mediar palabras le dijo a  mi acompañante -” estás con tu señora, que suerte te felicito es lo más hermoso que le puede pasar a un hombre”- .  A lo que recibe de respuesta del yerno del señor Alonso -“Yo estoy aquí porque mi señora perdió el embarazo”- A todo esto el señor se le aproxima lo abraza y le dice  -“Ahora si que te felicito de corazón, porque la vida siempre nos depara amarguras y trabajo es por ello que es mejor morir antes de nacer”.

Yo di media vuelta dije hasta mañana y me alejé presuroso.

Ya tirado en la cama de mi casa permanecí horas sin conciliar el sueño. Se me sucedían una y otra vez la imagen de un hombre mayor corriendo por la calle temiendo que su hija perdiese la vida, la de otro hombre que  tenía la tristeza de haber perdido su futuro hijo y otro que haciendo gala de la filosofía mas disparatada lo felicitaba por lo que le había ocurrido.

Parecía que hasta el nombre del barrio se mezclaba con las escenas de esa noche que no olvidaré jamás.

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—   Salvo la fecha que no la recuerdo exactamente todo esto me ocurrió—